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  Noticia del: 11-05-2018

Tu casa sin tóxicos es una actualización de Vivir sin tóxicos. ¿Qué destacaría como novedad en este segundo libro?

Lo nuevo de esta reedición es la revisión y actualización de los contenidos a la luz de los conocimientos y los estudios científicos más recientes. El campo de investigación de los tóxicos ambientales lleva un tiempo arrojando evidencias sobre cómo ciertas sustancias químicas, presentes por ejemplo en productos de la vida cotidiana incluso en dosis consideradas bajas, pueden desequilibrar los sistemas biológicos. Es un campo en constante avance.

Este segundo libro es más extenso, cuenta con unas 50 páginas más, con más contenidos, más referencias bibliográficas, e incluye un amplio glosario. Tu casa sin tóxicos se ha planteado como un libro práctico de consulta, y de este modo se facilita encontrar los contenidos.

 

¿Cuantos tóxicos nos podemos encontrar en nuestro hogar? ¿Podemos paliar o eliminar esa carga tóxica?

Si hablamos de sustancias químicas, puede que nos rodeen cientos de ellas: las que están presentes en los productos de limpieza, en los de higiene personal, en los alimentos, la pintura, alfombras, muebles, etc. Respecto a las radiaciones artificiales, en la mayoría de las casas se da una exposición a diversos campos eléctricos y magnéticos alternos relacionados con la instalación eléctrica y los equipos eléctricos y electrónicos. Sin olvidarnos de las que se producen por los equipos inalámbricos, o las sustancias de naturaleza biológica como los ácaros o mohos.   

Se pueden paliar teniendo en cuenta su ubicación, evitándolos en la medida de lo posible o minimizando nuestra exposición. En este sentido, el libro pretende aportar esas pautas para aprender a reconocerlos, y así poder apostar por opciones más saludables. De la misma manera que realizamos una higiene biológica cuando nos lavamos las manos antes de comer, se trata de aprender a hacer una higiene química y energética: una forma de educarse en minimizar la exposición continuada y habitual en el tiempo. Ése es realmente el problema: la exposición crónica a dosis bajas de tóxicos o radiaciones puede terminar sensibilizando al organismo y, con ello, dar lugar a síntomas adversos de salud.

 

¿Las plantas nos pueden ayudar a limpiar el aire?

Las plantas son eficientes purificadores del aire. Estudios de la NASA apuntan a propiedades muy concretas, ya que cada planta se ha especializado en la eliminación de determinadas sustancias. Una combinación de plantas de interior comunes, como el potus, la cinta, la difenbachia, la hiedra, la drácena o el ficus ayudarán a mantener el aire más limpio en casa. Además de absorber sustancias químicas como los compuestos orgánicos volátiles, son buenas reguladoras de la humedad y aportan belleza al ambiente. 

 

¿Qué opina de que el wifi esté tan extendido y del excesivo uso del móvil? ¿Cree que la exposición a estos campos nos puede enfermar?

En muy pocos años el teléfono móvil ha pasado a ser un imprescindible para la mayoría de la población. Todos tenemos un móvil, hasta los más pequeños. Y las conexiones por wifi se encuentran incluso en las escuelas de primaria y guarderías. Existe un consenso científico acerca de los efectos térmicos derivados del uso del móvil, seguro que a todos los lectores les resulta familiar: se calienta la zona de la oreja durante el tiempo que transcurre una llamada. En cambio, si bien no hay consenso acerca de los efectos no-térmicos, se puede consultar una amplia bibliografía científica que evidencia síntomas adversos de salud y desequilibrios de diferentes sistemas del organismo en relación al uso de esta tecnología. Grupos de científicos de diferentes ciudades europeas realizan año tras año llamamientos internacionales para alertar de los posibles riesgos del uso intensivo de estas tecnologías, especialmente en la población más sensible.

Creo que la problemática radica en que estamos hablando de una exposición crónica de 24 horas, día y noche. No tiene demasiado sentido tener encendido el router del wifi o los datos del móvil mientras dormimos, porque no se usan, y sin embargo lo hacemos. Sólo con apagar durante la noche los dispositivos que emiten estas ondas electromagnéticas ya estamos ayudando al organismo a que pueda realizar los procesos de regeneración nocturnos sin factores externos que interfieran, a modo de “higiene energética”. Creo que no somos conscientes todavía de cómo puede llegar a afectar al equilibrio de los sistemas biológicos la exposición continuada en el tiempo a dosis bajas, especialmente en la población más sensible (gestantes, bebés, niños y personas enfermas).

 

¿Qué enfermedades o síntomas pueden producir el hecho de estar rodeados de tóxicos?

Eso depende del tipo de tóxico, del tiempo de exposición, de la dosis, de la sensibilidad personal, o de cómo se combinan los diferentes tóxicos (el ya comentado “efecto cóctel”). Entre las afecciones podemos hablar de alergias, asmas, otros problemas respiratorios, cansancio, eczemas, fatiga crónica, alteraciones hormonales... Y afectan sobre todo a las personas más sensibles, como a las embarazadas y al feto cuando se están formando los órganos y el posterior crecimiento y maduración intrauterino; también en la etapa de la infancia. Pensemos que las normativas están basadas en el cuerpo de los adultos sanos, no están hechas para los más pequeños. Si la referencia fuera el sistema biológico de los más sensibles, seguro que los límites de exposición cambiarían. También afectan más a las personas aquejadas de las denominadas enfermedades ambientales, como la sensibilidad química múltiple, la fatiga crónica o la electrosensibilidad, debido a que han perdido la tolerancia a muchos de los agentes de riesgo ambientales y sus cuerpos reaccionan como si se tratase de dosis agudas.

 

¿Qué es la electrosensibilidad y quién la padece? ¿Son más vulnerables los niños o las personas mayores?

Se corresponde con una pérdida de tolerancia a los campos eléctricos y magnéticos de baja frecuencia y a las ondas electromagnéticas de alta frecuencia. Efectivamente, la población más sensible la conforman los niños, las personas mayores y las personas enfermas.

 

¿Cree que los ciudadanos son conscientes y están informados del riesgo que supone depender de la tecnología y de los tóxicos en general?

Poco a poco va llegando la información a la ciudadanía. La divulgación es una pieza clave para traspasar la evidencia científica a la población. Ya no son los grupos ecologistas, cada vez hay más científicos que se esfuerzan en dar a conocer sus estudios. No se trata de asustar a nadie, sino de informar sobre cómo utilizar la tecnología de una forma más “amable” para nuestros sistemas biológicos. Si tienes la información, puedes tomar conciencia y decidir hacer un cambio de hábitos, apostar por equipos que emitan menos radiación, gestionar el uso, o desconectar si no se utilizan, especialmente de noche. 

 

Otro factor importante en la entrada de tóxicos en el organismo es la alimentación. ¿Cuáles son las claves para una dieta sana?

Si, realmente es una vía principal. Comemos cada día, varias veces al día; por consiguiente, si esos alimentos contienen sustancias tóxicas, aunque sea en dosis bajas, resulta en una exposición crónica diaria que, con el tiempo, puede ir afectando al organismo. Las dioxinas y los pesticidas son ejemplos de sustancias claramente relacionadas con problemas como la disrupción endocrina, que conllevan cambios hormonales que pueden desencadenar problemas en la reproducción, en el desarrollo o incluso un cáncer.

La clave de una dieta sana es apostar por alimentos frescos, de temporada, mejor sin procesar o muy poco procesados, y de producción ecológica. A veces me preguntan qué hacer si, por cualquier motivo, no es posible consumir todo ecológico; la propuesta es, al menos, hacerlo para las frutas y las verduras. Con ello ya se ayuda a minimizar la ingesta de un extra de “aliño” de sustancias tóxicas.

 

Según su clasificación, ¿qué son alimentos regeneradores, generadores y degeneradores?

Es una propuesta que ayuda a abordar los beneficios de un alimento desde un punto de vista más cualitativo, teniendo en cuenta cómo favorece los procesos biológicos del organismo. Un alimento generador de vida aporta beneficios al organismo. Uno degenerador resta al organismo, bien porque contiene tóxicos o porque está muy procesado. Y los alimentos regeneradores son aquellos que han mostrado tener propiedades incluso terapéuticas para el organismo.

Esta clasificación ayuda a entender cómo un mismo alimento puede cambiar de categoría según cómo se presente, cómo se elabore o cocine. Por ejemplo, un cereal integral ecológico estaría en la lista de alimentos regeneradores, ya que aporta todas sus propiedades, con fibra y sin tóxicos añadidos; en cambio, si es un arroz blanco, sin cáscara, ya ha perdido la fibra y muchas de sus propiedades.

En esta lista de los regeneradores incluiríamos las frutas y verduras frescas ecológicas, los frutos secos, los cereales integrales, el aceite de oliva y los probióticos. En la lista de los generadores, las legumbres o las verduras cocidas. Y en la lista de los degeneradores, el azúcar refinado, las harinas refinadas y los procesados cárnicos.

 

¿Haría un llamamiento a la Administración para que tome cartas en este asunto?

Claro que sí, apostar por políticas que promuevan la salud pública más allá del sistema sanitario es la clave. Fomentar la salud en todas las políticas. Muy a menudo, cuando se aborda el tema de los tóxicos en la vida cotidiana, parece que se responsabiliza al consumidor de no comer mejor, por ejemplo. Más lógico sería promover políticas que informen sobre las sustancias de las que ya se conoce su efecto nocivo, porque aunque se comercialicen a dosis bajas, realmente no se conoce qué efecto pueden tener muchas dosis bajas de diferentes sustancias, y mucho menos en combinación con otros agentes físicos o biológicos.

La ciencia empieza a abordar el denominado “exposoma”, es decir la suma total de los agentes a los que estaremos expuestos a lo largo de la vida; pero a día de hoy no hay suficiente conocimiento sobre este efecto más global a largo plazo. Avance y tecnología sí, pero con evidencias suficientes de no nocividad. Se trata de apostar por ciudades y edificios más sostenibles y saludables, de frenar la contaminación ambiental, de fomentar los sistemas productivos menos contaminantes y de divulgar hábitos más saludables.

 

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