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La menopausia (del griego mens, que significa "mensualmente", y pausi, que significa "cese") se define como el cese de la menstruación, y tiene además implicaciones fisiológicas, provocadas por el descenso de la secreción de estrógenos por pérdida de la función ovárica. Para que se considere que una mujer ha iniciado la menopausia, debe estar al menos un año sin reglar, aunque también se puede conocer mediante analíticas hormonales. Suele ocurrir naturalmente entre los 50 y los 52 años, no considerándose una menopausia precoz a no ser que acontezca antes de los 40 años y tardía si es después de los 55.

La menopausia se produce porque los ovarios de la mujer dejan de producir las hormonas sexuales femeninas, como son los estrógenos y la progesterona. Esta disminución en los niveles de las hormonas provoca que aparezcan una serie de signos y síntomas relacionados. Los cambios y los síntomas pueden empezar varios años antes, siendo los más frecuentes:

 

  • Ciclos menstruales irregulares con reglas que varían en duración, cantidad y frecuencia.
  • Sofocos y/o sudoración nocturna.
  • Dificultad para dormir.
  • Sequedad vaginal, dolor en el coito (dispareunia)
  • Cambios de humor: tendencia a la depresión, labilidad emocional, irritabilidad... Los cambios psicológicos más importantes guardan relación con la figura corporal propia y la aceptación del fin de la capacidad reproductora.
  • Dificultad para concentrarse.
  • Pérdida del cabello y aumento del vello facial.
  • Cambios en la figura corporal y obesidad. La menopausia se relaciona con cambios metabólicos que suelen producir un incremento en la grasa corporal.
  • Osteoporosis.
  • Aumento del riesgo cardiovascular: los estrógenos ofrecen una protección cardiovascular que al disminuir, hace que se pierda este efecto protector. Además, el empleo de terapia hormonal sustitutiva (THS) está contraindicada en mujeres con riesgo de tener enfermedades cardíacas, y no siempre se cumple.
  • Trastornos del suelo pélvico, debilitándose los tejidos de sostén en la cavidad pélvica, con lo que los órganos caen, apareciendo incontinencia urinaria y salida de vejiga, útero y/o recto por la vagina (lo que se conoce como prolapso).

Algunos síntomas requieren de tratamiento dependiendo de su gravedad e importancia con respecto a cómo puede afectar a la calidad de vida de cada mujer; pero la menopausia no debe considerarse como una enfermedad, sino como una situación de cambio hormonal fisiológica, como lo puede ser el embarazo o la llegada de la primera regla (menarquia). En cualquier caso, en la actualidad existe un gran número de opciones terapéuticas que pueden ayudar a paliar estos síntomas o trastornos asociados a la menopausia.

Desde el punto de vista de la medicina oficial, cualquier mujer en edad menopáusica es candidata a recibir terapia hormonal sustitutiva (THS) siempre y cuando sus beneficios superen sus posibles riesgos. Sin embargo, cada vez son más las mujeres que presentan contraindicaciones para llevar una THS, y cada vez más también las que buscan un tratamiento de transición más natural y que esté exento de efectos secundarios, ya que la THS se ha relacionado, entre otras cosas, con aumento de sensibilidad mamaria, cólicos biliares, dispepsia, aparición de reglas irregulares, aumento del riesgo cardiovascular, ictus y cáncer de mama y de endometrio, así como con un aumento del riesgo de demencia en mujeres que inician el tratamiento después de los 65 años. Además, la THS no es tan efectiva en diversos ámbitos como se había creído, hecho que ha contribuido también a que numerosos médicos apuesten por un tratamiento menos agresivo y más natural.

De todas formas, antes de apostar por un tratamiento natural o no, es imprescindible fomentar que las mujeres adopten hábitos de vida saludable a través de una alimentación adecuada, la práctica de ejercicio y la supresión de hábitos tóxicos, ya que constituyen la mejor manera de prevenir numerosas complicaciones:

  • En la dieta, debe limitarse el consumo de grasas a menos de un 30% del total de calorías para controlar el peso, y aumentar el consumo de pescado (azul y blanco), ya que nos aporta ácidos grasos esenciales omega 3 útiles en la prevención de algunas enfermedades cardiovasculares. La dieta debe incluir abundantes frutas, verduras, legumbres, frutos secos y cereales integrales.
  • Debe aumentarse el consumo de alimentos ricos en calcio (lácteos y derivados, pescado que se pueda consumir entero con sus espinas, legumbres, frutos secos y semillas). Por el contrario, no deben recomendarse suplementos de calcio, ya que éstos han demostrado que pueden aumentar el riesgo cardiovascular al depositarse en las arterias, favoreciendo la arteriosclerosis y aumentando el riesgo de infarto de miocardio de una forma significativa. El hecho de que esto no ocurra con los alimentos ricos en calcio se debe a que la absorción de calcio de los alimentos se hace de una forma más lenta, manteniéndose unos niveles adecuados y estables de calcio en sangre, mientras que si se aporta en forma de un suplemento, la absorción es muy rápida, alcanzándose niveles sanguíneos supramáximos y depositándose en las arterias.
  • Para asegurar que el calcio se absorbe por completo y se deposita en los huesos, se debe combinar con alimentos ricos en vitamina D, presente en el pescado azul, los huevos y el arroz integral, si bien el organismo produce esta vitamina por la exposición al sol. Por ello, conviene hacer ejercicio y pasear al aire libre siempre que sea posible. Una exposición al sol de entre 15 y 30 minutos al día en cara y brazos es suficiente.
  • El ejercicio físico ayudará no sólo a mantenerse en el peso contribuyendo a quemar grasa, sino también a mantener una buena masa ósea y muscular. Debe realizarse actividad física la mayoría de los días de la semana durante al menos 60 minutos.
  • Si no se ha hecho antes, es un buen momento para abandonar ciertos hábitos tóxicos como el tabaco, el café, el alcohol y las bebidas carbonatadas, que, entre otras cosas, también aumentan la pérdida de masa ósea.
  • Debe reducirse también el consumo de sal y azúcar.

 Cuando se opta por un tratamiento más natural, generalmente se emplean “fitoestrógenos”, llamados así porque son sustancias que ejercen una actividad similar a los estrógenos y que se encuentran en algunos alimentos, como ciertas verduras, legumbres (sobre todo la soja), semillas y plantas medicinales que podrían aliviar muchos de los síntomas de la menopausia.

El síntoma que más limita la calidad de vida de las mujeres a corto plazo son los sofocos. Con el fin de reducirlos y de mejorar otros aspectos de la menopausia, se emplean numerosas plantas medicinales:

  • El ginseng (Panax ginseng) podría ayudar con los síntomas de la menopausia, como los cambios de humor y los problemas para dormir, pero no ha demostrado ser efectivo para los sofocos.
  • El aceite de onagra (Oenothera biennis) parecería no tener efectos sobre los síntomas de la menopausia. Contribuye, eso sí, a mejorar la sequedad de la piel y las mucosas que se asocia con la menopausia.
  • La cimicifuga (Cimicifuga racemosa) ha mostrado efectos antiestrogénicos en varios ensayos clínicos, aunque parece actuar como modulador selectivo del receptor estrogénico. Ayuda a evitar los sofocos.
  • El trébol rojo (Trifolium pratense), al igual que la soja, contiene fitoestrógenos; entre otros, las isoflavonas, responsables del uso de esta planta para paliar los síntomas menopáusicos.
  • La salvia (Salvia officinalis) posee un efecto antisudorífico, lo que la hace adecuada para tratar el exceso de sudoración asociada a los sofocos.
  • Isoflavonas de soja (Glycine max): la principal fuente de isoflavonas está en la soja. Las formas activas de las isoflavonas se generan en el intestino (agliconas), y son la daidzeína, genisteína y gliciteína, que tienen capacidad para unirse a receptores estrogénicos y ejercer su acción estrogénica en los distintos órganos diana, aunque su efecto es menos potente que el de los estrógenos, teniendo un efecto estrogénico débil. Numerosos estudios han demostrado que su empleo terapéutico es útil en el tratamiento de los sofocos, para prevenir la pérdida de masa ósea, disminuir el riesgo de enfermedad cardiovascular, etc., con disminución del riesgo de cánceres dependientes de estrógeno (endometrio y mama, principalmente). La aplicación tópica intravaginal en forma de geles contribuye a disminuir la atrofia vaginal. También se han descrito otras acciones de las isoflavonas, aparte de las puramente estrogénicas, tales como su acción antioxidante, una cierta capacidad de inhibición de algunas enzimas, algunas de las cuales están implicadas en la tumorogénesis (tirosincinasa, topoisomerasa I y II, histidincinasa, etc.), estimulación de la síntesis de globulina transportadora de hormonas sexuales (SHBG), antiangiogénico, efecto antiinflamatorio y antiinfeccioso, reducción de ciertos factores de crecimiento (factor de necrosis tumoral [TNF], factor de crecimiento del endotelio vascular [VEGF]), etc.

 

Como se puede comprobar, son numerosos los recursos que nos ofrece la Naturaleza para poder combatir los síntomas derivados de la menopausia, así como sus posibles consecuencias, pero recuerde que ésta es una etapa de la madurez de la mujer y que no todas las mujeres requieren tratamiento; en caso de ser necesario, debe ser aconsejado por un profesional cualificado.

 

Dr. Joaquín Outón RuizMédico Naturista y Director Técnico de Vital 2000

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