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Siempre que cualquier sustancia extraña pretende invadir nuestro cuerpo, se ponen en marcha una serie de mecanismos para defendernos de esa agresión, como son la liberación de elementos y mediadores químicos, como la histamina, serotonina, bradiquinina, prostaglandinas, etc. Pero cuando éstas se liberan en exceso, pueden también, además de destruir al agente invasor, hacernos daño a nosotros mismos, provocando determinadas reacciones en el sistema cardiovascular y en aquellos órganos que nos ponen en relación con el exterior. Es decir, nuestra piel, nuestros pulmones, nuestro aparato digestivo y nuestra conjuntiva ocular, pudiendo darse por tanto una gran variedad de síntomas, como diarreas, vómitos, picor, eccemas, moqueo, tos, asfixia, lagrimeo, etc.

Se calcula que, aproximadamente, existen en España ocho millones de alérgicos y las cifras para años venideros pueden ir en aumento. Este hecho se debe a que, además de las causas genéticas, cada vez son más las sustancias químicas con las que estamos en contacto y que son capaces de desencadenar una alergia. Hasta hace una serie de años, sólo se conocían prácticamente las alergias a las plantas y a los alimentos, siendo el resto de las alergias muy raras. El auge de la industria química ha hecho que cada vez sean más los elementos que están apareciendo como nuevos y, por tanto, más las posibles alergias a esas sustancias. Además, esos componentes químicos pueden producir una alergia de forma indirecta, interfiriendo en las respuestas normales de nuestro sistema inmunológico hacia otros elementos, desencadenándose así también una alergia.

Tipos de alergia
Gell y Coombs clasificaron las reacciones de hipersensibilidad en cuatro tipos. En cada uno de ellos participan de forma diferentes tipos de células y mediadores solubles.

> Reacción tipo I o anafiláctica: Es la que comúnmente llamamos alergia y la más frecuente. Los anticuerpos pertenecen a las IgE. Entra ellas, están las alergias a pólenes, ácaros, epitelios, alimentos, fármacos (la más común es la penicilina, también los aines, aspirina, sulfamidas, y otros antibióticos betalactámicos), picaduras de insectos, látex (produce urticaria de contacto, ya sea por roce directo o por inhalación de partículas de látex. También puede manifestarse como alergia alimentaria o física (frío, luz solar, calor, traumatismo leve, etc.). Son reacciones inmediatas que suelen aparecer en menos de 15 minutos desde que nos exponemos al alérgeno. En ellas, suelen haber antecedentes hereditarios, aparecen en forma de crisis y encontramos un aumento de eosinófilos en sangre y en las secreciones. Los síntomas, por lo general, son localizados, afectando a un órgano en particular, como por ejemplo las vías respiratorias (rinitis, edema de laringe, asma bronquial), aparato digestivo (vómitos, diarrea), piel (urticaria, edema), ojos (conjuntivitis) o bien provocar reacciones sistémicas como el shock anafiláctico. Para el diagnóstico es necesario realizar un adecuado interrogatorio, preguntando por los antecedentes personales en relación con el ambiente (variaciones estacionales, exposición a ambientes específicos: animales, polvo, humo del tabaco), la edad de comienzo de los síntomas y la historia familiar (predisposición hereditaria). También son útiles las analíticas donde podemos apreciar un aumento de la IgE y de los eosinófilos en sangre. Las pruebas cutáneas sirven para identificar las sustancias responsables de la alergia. Los exámenes de provocación son los más efectivos y se realizan mediante la administración por vía oral del producto sospechoso a dosis crecientes y se observa si hay reacción alérgica. Se indican cuando una prueba plantea dudas.
> Reacción tipo II, citotóxica o citolítica: Su modelo sería la transfusión de sangre incompatible. La reacción es provocada por una estructura corporal, como son las células. Los anticuerpos que desarrollamos frente a ellas son del tipo IgG o IgM. Son ejemplos también la enfermedad hemolítica del recién nacido, anemias hemolíticas, ciertas púrpuras y leucopenias, anemia perniciosa, rechazo del injerto agudo temprano de un riñón trasplantado, hipersensibilidad a fármacos (penicilina), miastenia gravis, enfermedad de Graves, enfermedad de Raynauld, diabetes, trombocitopenia inducida por medicamentos, etc.
> Reacción tipo III o por complejos inmunes: La unión antígeno-anticuerpo es la responsable de las lesiones, desarrollándose heridas inflamatorias o isquémicas al depositarse estos complejos sobre el interior de los vasos sanguíneos de diferentes órganos, provocando activación de los fagocitos y daño tisular. Son ejemplos de este tipo de reacción la enfermedad del suero, vasculitis cutánea, eritema nodoso, lupus eritematoso sistémico y artritis reumatoide, entre otras.
> Reacción tipo IV, tardía o ligada a la presencia de células: No intervienen anticuerpos, actuando directamente los linfocitos T sobre el antígeno, pudiendo producir una lesión por efecto tóxico directo o a través de la liberación de ciertas sustancias (linfocinas). Un ejemplo sería la prueba de la tuberculina, dermatitis por contacto, algunas enfermedades autoinmunes (tiroiditis, esclerosis múltiple, enfermedad infla matoria intestinal), hipersensibilidad medicamentosa, fotoalergias por medicamentos, etc.

Tratamiento
Las vacunas provocan una desensibilización progresiva de nuestro sistema inmune. Lo que se hace es introducir en nuestro cuerpo dosis muy pequeñas de la sustancia a la que somos alérgicos, para que nuestro organismo se acostumbre, y después ir aumentándola hasta llegar a las dosis o concentraciones normales con las que vamos a convivir cada día. Sin embargo, la inmunoterapia, aunque es la única terapia reconocida como efectiva por la Organización Mundial de la Salud, no ha conseguido erradicar las alergias.

Los medicamentos que se suelen utilizar, como los antihistamínicos y los corticoides, nunca nos van a curar, aunque sí aliviar, por lo que si los empleamos solos corremos el riesgo de que la alergia se vaya haciendo crónica y acentuando cada año, ya que sólo son remedios sintomáticos.

Si se conoce la sustancia responsable del desencadenamiento de la reacción alérgica, lo primero será evitarla. Sin embargo, esto a veces no es posible y podemos tomar otras medidas preventivas, como el uso de humidificadores que atrapen y depositen en el suelo los pólenes o el polvo, si somos alérgicos a ellos, o evitar las humedades de la casa si somos alérgicos a los hongos. Hay que prescindir de todo aquello que tenga una alta carga química no natural (ambientes contaminados, alimentos con demasiados aditivos), no viajar con las ventanillas bajadas, realizar la limpieza con aspirador, etc.

También podemos potenciar el sistema inmune, utilizando suplementos nutricionales con efecto antioxidante, aumentar en nuestra alimentación el consumo de ajo y cebolla, que disminuyen los niveles de ciclooxigenasa (uno de los mediadores químicos de la reacción alérgica), tomar con regularidad yogurt con cultivos vivos, que aumenta los niveles de interferón gamma en nuestro organismo y disminuye los de IgE, huir de las situaciones de estrés, que en muchos casos actúan como desencadenantes y como agravantes de episodios alérgicos, etc.

El oligoelemento por excelencia en el tratamiento de las alergias es el manganeso, al que habrá que asociar, dependiendo de la diátesis, cobre (manganeso-cobre) o cobalto (manganeso-cobalto). Además, se emplea azufre para potenciar sus efectos.

Son numerosas las plantas medicinales que frenan los procesos alérgicos. Entre ellas están:

> Onagra (Oenothera biennis): Posee propiedades antihistamínicas, que contribuyen a disminuir la urticaria. Su uso previene la aparición de alergias respiratorias y reduce sus síntomas. El ácido gamma-linolénico es muy útil en uso externo o tópico en el tratamiento de los eccemas.
> Reishi (Ganoderma lucidum): Presenta distintos principios activos que actúan sobre el fenómeno alérgico:
> Triterpenoides: actúan como antiinflamatorios naturales sobre el aparato respiratorio, calmando y suavizando las molestias respiratorias.
> Ácidos ganodéricos: reducen la liberación excesiva de histamina y disminuyen a la vez la tendencia o predisposición a las alergias.
> Lanostina: tonifica las glándulas suprarrenales, mejorando así nuestra respuesta ante las alergias. Los síntomas serán más cortos en su duración y su intensidad. Además, tiene efecto antioxidante.
> Sol de oro (Helychrisicum stoechas): Posee propiedades antihistamínicas, que ayudan a contrarrestar los síntomas alérgicos.
> Escutelaria: Planta originaria de China, que contiene una serie de principios activos cuya acción es similar a la que ejerce el cromoglicato disódico, inhibiendo la degranulación de los mastocitos inducida por los antígenos, con lo que se impide la liberación de histamina. Además contiene sustancias antioxidantes, que neutralizan los efectos tóxicos de los radicales libres.
> Quercitina: Sustancia extraída de la planta Sophora japonica L., capaz de reducir o evitar muchos procesos inflamatorios, en los que interviene la histamina. Inhibe la liberación de leucotrienos, responsables de la contracción de la fibra muscular lisa del árbol bronquial, entre otros, relacionados con la broncoconstricción de los fenómenos asmáticos.
> Grosellero negro: actúa fundamentalmente sobre la corteza suprarrenal. Esto le confiere la propiedad de ser un gran antiinflamatorio y de tener los efectos de los corticoides sin los perjuicios para la salud de estos (acción pseudo-Acth).
> Fumaria: Posee una acción muy importante antihistamínica, por ello se usa con éxito en las alergias y el asma. Es antialérgica y depurativa, lo que facilita

Joaquín Outón
Médico Naturista, director
técnico de Laboratorio Vital 2000

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