Sección: Ecologia Publicación: Revista nº 151
Fast fashion: la moda rápida que contamina y afecta a la salud
Cada temporada, millones de prendas son producidas y desechadas rápidamente. El fast fashion no solo genera residuos y contaminación, sino que también afecta a quienes fabrican la ropa y a quienes la llevan puesta.
Vivimos en una época en la que la moda cambia a la velocidad de la luz. Cada temporada aparecen nuevas tendencias y, con ellas, la llamada moda rápida o fast fashion. Este modelo de negocio consiste en producir ropa de forma masiva, con materiales de mala calidad y a bajo coste, para que el consumidor renueve su armario constantemente. Replica tendencias de pasarela en apenas unos días y las pone en el mercado a un precio mucho más bajo que el que tienen las prendas originales de los diseñadores. Además, hoy no hablamos únicamente de tiendas físicas que actualizan sus colecciones semanalmente. También existen plataformas online que suben prendas a diario y lo hacen a precios muy bajos, con entregas en todo el mundo.
Esta facilidad de acceso a la moda hace que la ropa se consuma en exceso y demasiado rápido, lo que se traduce en un aumento de la presión sobre los recursos naturales y en un incremento de la contaminación. Así, aunque a priori puede parecer una opción atractiva, cada camiseta, pantalón o vestido fabricado masivamente tiene detrás un impacto ambiental y social enorme. Incluso aunque en el momento de la compra, el consumidor no sea consciente de ello.
Impacto medioambiental del fast fashion
En primer lugar, la producción textil es la causante del 20% de la contaminación de agua potable a nivel mundial. Así lo afirman desde el Programa de las Naciones Unidas por el Medio Ambiente (PNUMA): el teñido y el tratamiento de las telas con productos químicos genera vertidos tóxicos que terminan en las masas de agua del planeta. Estos, cabe decir, afectan no solo a los ecosistemas, sino también a las personas que viven cerca.
Asimismo, desde National Geographic alertan de que producir algodón convencional conlleva también mucha contaminación. Si bien el área de cultivo ocupa apenas una pequeña parte de los terrenos agrícolas globales, supone más del 20% del uso mundial de pesticidas e insecticidas. Así pues, tiene un impacto negativo en las aguas cercanas y en los suelos.
Tampoco están libres de impacto medioambiental las fibras sintéticas tales como el nylon o el poliéster, utilizadas a menudo en el movimiento fast fashion. Estos materiales, cuando se lavan, desprenden microfibras que no se degradan y terminan en océanos y ríos.
En relación al agua, hay otro punto a destacar, y es que se necesitan grandes cantidades de este bien esencial para confeccionar ropa. Según National Geographic, solo para producir 1 kilogramo de algodón convencional, la industria utiliza 20.000 litros de agua. Dicho de otro modo: fabricar una camiseta de dicho material exige 2.700 litros de agua, la misma cantidad que una persona bebería en dos años y medio.
Pero la huella ecológica del fast fashion no termina aquí. Además, varias organizaciones medioambientales señalan que el 10% de las emisiones globales de CO2 provienen de la industria textil. No solo se generan gases de efecto invernadero durante la producción, sino que se debe recordar que la moda rápida conlleva también transportes de una punta a la otra del planeta. Respecto a esto,Greenpeace España da un dato claro: el transporte en avión de la moda fast fashion produce 16 millones de toneladas de CO2 al año.
Por último, hay otra cuestión que impacta de lleno en el medioambiente: la generación masiva de residuos. Entre 2000 y 2015, la producción de ropa experimentó un crecimiento impresionante. Según el informe A New Textiles Economy de la Fundación Ellen MacArthur, en el año 2000 se fabricaron cerca de 50.000 millones de prendas, pero sólo quince años después esa cifra se había duplicado, superando los 100.000 millones de prendas producidas. Muchas de estas prendas nunca llegan a venderse y van directamente a vertederos. Otras, son desechadas por los consumidores, que las sacan de su armario sin apenas darles uso.
Choque social y bienestar
No solo el planeta se ve afectado por el movimiento fast fashion. La moda rápida también impacta en las personas. En primer lugar, porque las telas, principalmente a causa de los tintes, contienen sustancias que pueden afectar a la salud. Sin ir más lejos, Greenpeace analizó recientemente algunas prendas de plataformas online y detectó ftalatos, mercurio y cadmio, entre otros disruptores endocrinos. Si bien existen normativas europeas que prohíben estos tóxicos, algunas marcas no cumplen con ellas.
Aparte de sus consecuencias negativas para la salud, la industria de la moda rápida también ofrece muy malas condiciones laborales para los trabajos. Muchas empresas europeas tienen sus fábricas en países como Bangladesh o la India y, aunque generan un alto porcentaje del PIB de estos territorios, sus habitantes son pobres. En la mayoría de casos, explican desde Greenpeace, las empleadas son mujeres. Si bien trabajan prácticamente el doble de lo que es la jornada laboral en España, sus sueldos son tan bajos que no tienen dinero suficiente ni para comer.
Slow fashion: la alternativa sostenible
La alternativa al fast fashion es el slow fashion: un modelo de moda que prioriza la calidad sobre la cantidad. En su caso, el objetivo es producir menos prendas de ropa, fabricarlas con materiales duraderos y hacerlo con técnicas respetuosas con el medio ambiente. Así, este movimiento ayuda al planeta, pero también a la salud y el bienestar de las personas.
El slow fashion, a diferencia del fast fashion, reduce el consumismo e invita a tomar conciencia de lo que poseemos, a la vez que disminuye la exposición a los tóxicos presentes en las telas baratas y de mala calidad. Asimismo, y aunque parezca lo contrario, permite ahorrar a largo plazo. Es cierto que las prendas son más caras, pero duran mucho más.
Unirse al movimiento implica apostar por las fibras naturales y ecológicas, como el lino o el algodón orgánico. También comprar prendas de segunda mano y cuidar las nuevas, pese a que son mucho más resistentes y duraderas que las que se fabrican en cadena. Por supuesto, reciclar también forma parte de este movimiento.
En el slow fashion, cada decisión de compra se toma de manera consciente, y gracias a ello, se reduce la contaminación, la generación de residuos y la presión sobre los recursos naturales. La moda rápida impacta negativamente sobre el planeta y sus habitantes. Así, decantarse por la alternativa es una mejor opción para dejar una menor huella ecológica.