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El coronavirus SARS-CoV-2 se detectó por primera vez en diciembre de 2019 en China. Desde entonces se ha extendido por todo el mundo generando una pandemia que ha infectado a millones de personas (más de 325 hasta enero de 2022), ha ocasionado casi 6 millones de muertos, millones de enfermos graves y con secuelas y ha provocado una crisis económica a nivel mundial.

La enfermedad causada por este virus, llamada COVID-19, tiene un espectro clínico muy amplio. Lo más habitual es presentarse como una infección respiratoria leve, aunque también puede hacerlo como una neumonía que requiere hospitalización e, incluso, como una neumonía bilateral que provoca una insuficiencia respiratoria grave y el ingreso en una unidad de críticos. La peor evolución es a fallo multiorgánico y muerte.

El término “COVID persistente” no tiene una definición universalmente aceptada pero sí está claro que un paciente con COVID persistente no es un paciente con secuelas post-COVID. Se considera que un paciente tiene COVID persistente si: 1) Tiene infección por SARS-CoV-2 confirmada. 2) El síntoma o los síntomas han persistido en el tiempo más de 4 semanas desde el inicio del primer síntoma. 3) El síntoma o los síntomas persistentes han estado presentes desde el principio y no han sido fruto de secuelas, ni se explican por otra causa.

Existen varias hipótesis para explicar esta entidad. Las dos teorías principales son: 1) El virus persiste en el organismo, originando una infección latente o crónica. 2) La infección desencadena una tormenta inflamatoria en su fase aguda que agrava la enfermedad y prolonga en el tiempo la existencia de síntomas. Es decir, parece que en el COVID persistente hay una respuesta inmunitaria inadecuada, alterada o deficiente.

El manejo de este problema de salud variará de unas personas a otras. Se seguirá un tratamiento sintomático para ayudar a minimizar y mejorar los síntomas persistentes, que será diferente de unas personas a otras, según sean esos síntomas. Además, como manejo de fondo existe el planteamiento de ayudar con ingredientes o principios activos que modulen el sistema inmunitario, mejorando su actividad para que pueda desarrollar todo su potencial, y que ejerzan cierto efecto antiinflamatorio. Conozcamos un poco más alguno de estos principios activos.

Hongos: Considerados alimentos funcionales, son ricos en compuestos bioactivos: polisacáridos (Beta-glucanos), compuestos fenólicos (flavonoides, lignanos y ácidos fenólicos), ligninas, triterpenos… Son múltiples los estudios sobre sus propiedades saludables que muestran su actividad inmunomoduladora, antioxidante, antialérgica, hepatoprotectora, hipocolesterolemiante, antihipertensiva… Los polisacáridos (beta-glucanos) de estos hongos son considerados “modificadores de la respuesta biológica”, con potente actividad inmunomoduladora, uniéndose a receptores específicos de las células inmunes y activando la síntesis de moléculas efectoras inmunológicas. Algunos de estos hongos son Reishi, Shiitake, Maitake, Champiñón del sol, Cordyceps, Chaga…

Astrágalo: La raíz de esta planta se ha utilizado tradicionalmente en China desde hace siglos. Se dice que es una planta adaptógena e inmunoestimulante, ya que ayuda a proteger el organismo contra el estrés físico y mental y ayuda a mejorar el sistema inmunitario, demostrando actividad sobre ciertas células inmunitarias y sobre determinadas citoquinas. Además, se le atribuye actividad antioxidante y antiinflamatoria. Entre sus principios activos destacan los polisacáridos, los flavonoides y las saponinas.

Lactoferrina: Es una proteína con propiedades antiinflamatorias y antioxidantes con un papel importante en la regulación inmune y en los mecanismos de respuesta contra bacterias, hongos y virus. Entre otras acciones: inhibe el crecimiento microbiano; impide la adhesión y la entrada de patógenos a las células humanas; actúa como primera línea de defensa en la barrera intestinal y promueve el crecimiento en colon de bifidobacterias y lactobacilos; regula la actividad de los macrófagos y la proliferación de linfocitos; aumenta la producción de interleuquinas y citoquinas…

Té verde: Sus hojas destacan por su contenido en polifenoles, sobre todo catequinas y derivados, como el galato de epigalocatequina. Muchos estudios evidencian su eficacia en la prevención de infecciones víricas, disminuyendo su incidencia. Además, ejercen una acción inmunorreguladora, al modular la proliferación, diferenciación y activación de anticuerpos. Los polifenoles del té verde son utilizados por la microbiota intestinal, mostrando un claro efecto prebiótico y ayudando a mejorar esta primera línea defensiva.

Quercetina: Compuesto natural presente en múltiples vegetales que en diferentes estudios ha mostrado acción antiviral y actividad inmunomoduladora, al aumentar la actividad de los macrófagos y los títulos de Ig G. También posee actividad antiinflamatoria, al disminuir la expresión de citoquinas proinflamatorias. Presenta sinergia con otros ingredientes como las catequinas del té verde o la vitamina C.

Probióticos o fermentos: Su consumo se asocia a efectos beneficiosos a nivel de salud digestiva y extradigestiva. Confieren protección inmunológica al regular, estimular y modular la respuesta inmune del hospedador. Enriquecen y mejoran la microbiota intestinal y modifican la producción de moco, reforzando la función “barrera” de la microbiota en la pared intestinal. El consumo de distintas especies de Lactobacillus y Bifidobacterium ejerce efectos inmunomoduladores: son capaces de aumentar la citotoxicidad de las células NK y la actividad fagocitaria de los macrófagos y de modular la producción de citoquinas, ejerciendo una acción antiinflamatoria.

Vitamina C: Vitamina muy relacionada con la mejora de la inmunidad innata y de la adquirida. Sus acciones principales son: mejorar la quimiotaxis, la fagocitosis y la destrucción de microorganismos; promover la diferenciación y la proliferación de los linfocitos B y T; modular la producción de citoquinas inflamatorias; reducir el estrés oxidativo celular y proteger a las células… Se ha observado que el déficit de vitamina C se asocia a una inmunidad deteriorada y a una mayor susceptibilidad a infecciones.

Vitamina D: Modula la función de las células inmunitarias, siendo un regulador directo e indirecto de los linfocitos T y de las células NK. También actúa inhibiendo la producción de interferón gamma e interleukina 17 y promoviendo la producción de interleukina 4 e interleukina 10, teniendo un efecto beneficioso antiinflamatorio.

Sonia Clavería. Médica de Familia del Departamento Técnico de noVadiet

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Sección: Salud
Publicación: Revista nº 125

Diferenciar los síntomas entre la gripe y covid-19